La Tristeza de un rey


LA TRISTEZA DE UN REY
(Romance del rey Fernando el Católico)

Introducción

Tres villas tiene Fernando
cada cual más conocida;
una es Sos, donde nació,
la otra sin duda es Medina.
Luego está Madrigalejo;
-allí, se le fue la vida.
Rey Fernando, rey Fernando,
de Aragón y de Castilla,
de Valencia, de Mallorca,
de Nápoles y Sicilia;
del gran Reino de Navarra,
del resto de Andalucía,
y esas plazas africanas
de Orán, Trípoli y, Bujía.
Rey Fernando, rey Fernando,
¡Cuán grande fue tu valía!,
¡Cuántas conquistas y aciertos!,
¡Cuántas penas y alegrías!
Vuelve pronto de Aragón,
regresa pronto a esta villa,
que aquí, en Medina del campo,
tu presencia es requerida.
Ha transcurrido ya un año,
y aún sigue abierta esa herida
por la ausencia de Isabel,
tu esposa, reina querida.
Hoy con Juana, la esperanza
se convierte en cruel desdicha
con la muerte de su esposo,
que en fúnebre cofradía,
parte a tierras de Granada,
cruzando el albor del día.
Rey Fernando, rey Fernando,
regresa pronto a Medina,
que si es dura la nostalgia,
más crueles son las intrigas
y las constantes infamias
que se oyen en cada esquina.
Graves problemas de Estado
no encuentran ya una salida,
y Castilla que lo sabe,
te previene y, te precisa.
Tú, que estuviste en La Mota,
castillo que a las orillas
del Zapardiel se remonta
con sus murallas altivas,
vuelve pronto de Aragón,
regresa pronto a esta villa,
que aquí tienes tu palacio,
tu manto, tu cetro y silla.
¡Cuánta historia en estas calles!
¡Cuántas penas y alegrías
resurgen en esta plaza
con celo y, con gallardía!
Tu padre el rey Juan II
y tu abuelo en compañía,
nacieron en estos muros,
sin ruegos, ni fantasías;
también tu tío Alfonso V,
Rey de Aragón, que a porfía,
por sus dotes personales,
“Magnánimo” le decían.
Rey Fernando, rey Fernando,
de Aragón y de Castilla,
de Cerdeña, Baleares,
de Nápoles y Sicilia;
de León y de Navarra,
también de Ceuta, Melilla,
y esas tierras de Ultramar,
Canarias y, las Antillas.

Fernando II el Católico Rey de Castilla, 
de Aragón, de Nápoles y Sicilia
(1452-1516)
Hace tiempo aquí en Castilla,
con recelo se firmaba,
en el mil quinientos cinco,
el Pacto de Salamanca;
concordato por el cual,
Felipe, Fernando y Juana,
gobernarían Castilla
como el tratado ordenara.
De otra parte, el codicilio
de lsabel, también dejaba
como regente a Fernando,
en cuanto así le obligara
la incapacidad o ausencia
de su hija doña Juana.
Ni el vigente testamento,
ni el Pacto de Salamanca,
lograría un pleno acuerdo
en las partes afectadas;
pero en mil quinientos seis,
el Pacto de Villafáfila,
traería otro designio,
por el cual ya se nombraba
a Felipe como rey;
Fernando se retiraba.
Regresaría a su reino
de Aragón, sin arrogancia,
sin caprichos ni ambiciones,
sin mercedes y sin dádivas;
quizá evitando la afrenta
que con su yerno llevaba
de celo y de resquemor,
ó tal vez, porque observaba
que su nuevo casamiento
por poderes con Germana,
no era bien visto en la corte,
ya que todavía estaba
viudo de doña Isabel,
la gran reina soberana.
Ahora que ha muerto Felipe,
como regente se afana
en regresar a Castilla,
pero antes deja ordenadas,
las urgencias y premisas
de Aragón y, de sus arcas.
En Nápoles a Gonzalo,
pone estrecha vigilancia,
nombrando a Juan, su sobrino,
virrey del Reino de Italia.
Cabalga el rey don Fernando
por esas tierras cristianas,
cruzando valles, ribazos,
cien senderos y vaguadas.
Llega a Tórtoles de Esgueva,
de día, apuntando el alba,
y allí, al frente de un cortejo,
encuentra a su hija Juana,
que sumida en el dolor,
irrumpe llantos del alma.
Ya toda la comitiva
se dirige hacia Granada,
al sepelio de su rey,
el gran Archiduque de Austria.
Ropajes negros de luto,
visten la reina y sus damas,
junto a crespones oscuros
de la orden de Calatrava.
Tres meses en la cartuja,
envuelto en sábana blanca,
lleva el cuerpo de Felipe,
que ya no sueña, descansa.
Fuertemente custodiado,
con cerrojo y llave franca,
está el féretro y, la reina
se pasa las horas largas,
pensando que está dormido,
creyendo que hay esperanza.
A paso lento y perdido,
una marcha, una parada,
luego un llanto, una aflicción,
y en el aire esas campanas,
doblando notas de duelo
por cada villa que pasan.
Es Diciembre y ya la nieve,
descubre su capa blanda,
por Burgos y por Palencia,
al ser provincias muy altas.
Y al contemplar el Cerrato,
el lugar donde se hallan,
retorna la reina viuda,
rendida y desorientada.
Finado rey de Castilla,
¡qué pronto esas crueles garras
de la muerte te alcanzaron
en extrañas circunstancias!
¡Qué pronto ahondó la tristeza!,
¡Qué pronto ahondó la desgracia!,
¡Qué misterio y pesadumbre,
para aquella que te amaba
y te quiso hasta la muerte,
tu esposa, la reina Juana!
Camina el Rey don Fernando
por esas calles nevadas,
sopesando el cruel destino
que a su hija le esperaba.
Tiene viva la memoria
de grandezas y arrogancias,
por las campañas gloriosas,
por las derrotas calladas;
porque a pesar del esfuerzo
en estrategias y alianzas,
no posee un heredero
que le cubra de esperanza,
y así, delegar sus reinos,
ya que el tiempo se le acaba.
Recuerdos, lleva recuerdos
de amargura y de nostalgia,
por la muerte de dos hijos
primogénitos que amaba.
Rey Fernando, rey Fernando,
¡Cuánta lucha y cuánta fama!
desde que naciste en Sos,
humilde villa cercana
de tu reino de Aragón,
al límite con Navarra.
Sería el rey Enrique IV,
el que un día refrenara
tu enlace con Isabel,
cuando ufano te adentrabas,
por Ariza, Monteagudo,
Burgo de Osma y Berlanga.
En plena guerra civil,
libraste aquella enconada
lucha contra Portugal,
decisiva y despiadada.
Después con los musulmanes
y su reino de Granada,
dominaste la contienda,
en el momento que alzaban
los castellanos victorias
en Lucena y en Alhama.
Muy apretado vivió el cerco
Boabdil, allí en sus murallas,
y en los patios y jardines
del Albaicin y, la Alhambra.
Ya no tiene fortalezas,
están sus plazas sitiadas;
Loja, Baza y Almería,
han sido reconquistadas.
Desde Génova a Valencia
viajan Fernando y Germana,
cruzando un inmenso espacio
de mar, de tierra y montaña.
Ella queda en Aragón,
como esposa y cortesana;
mientras él, muy presuroso,
a galope se adelanta,
cruzando esa gran meseta
de la estepa castellana.
Ya hace tiempo, que Fernando
no tiene intención, ni ganas,
de entenderse con Gonzalo,
el “Gran Capitán” que llaman.
El más grande militar,
ha caído en la desgracia,
y a la muerte de Isabel
las relaciones se agravan.
Quizá por resentimiento,
o tal vez, por las campañas
y él éxito conseguido
en sus continuas batallas.
Murió el capitán Gonzalo,
sin gloria, pompas, ni lágrimas,
y la ilusión de Fernando,
con la derrota de Rávena,
frenando así su expansión
por esos reinos de Italia.
Orán, Trípoli y Bujía,
a su poder se inclinaban,
mas el desastre de Jerba,
batalla en menor escala,
paralizó todo avance
en las tierras africanas.
Ya salen desde Vitoria
las tropas del Duque de Alba,
van al sitio de Pamplona,
con el coronel Villalba.
Poco tiempo reinaría
la corona pirenaica;
en el mil quinientos quince,
tras ruegos, pactos y alianzas,
en el Reino de Castilla
quedaría anexionada.
Madrigalejo
Ya asoma en Madrigalejo
a la luz de la alborada,
el sol sobre un horizonte
de terciopelo escarlata.
En la torre de su iglesia,
allá, en la parte más alta,
campanas tocan a duelo,
a duelo doblan campanas,
por el alma de Fernando,
que ha muerto de madrugada.
De Plasencia, al Monasterio
de Guadalupe viajaba
y se encontró con la muerte
que escondida lo esperaba.
Rey Fernando, rey Fernando,
que unificaste esta España
de Castilla, de León,
de Aragón y de Navarra;
de aquél Reino Nazarí,
desterrado en la Alpujarra.
Que a Judíos y conversos,
llegado un tiempo expulsaras
de Toledo y de Levante,
con un edicto en Granada,
hoy quisiera yo decirte,
sin juzgarte para nada,
que a pesar de tanto celo
y sagacidad temprana,
destinada ya tu hora
en el lugar de morada,
una gran melancolía,
sucumbió tu frente alta.



Premio Centro Católico de Obreros 2016 
de Medina del Campo en su XXIX certamen de poesía

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AUTOR: JUAN A GALISTEO LUQUE

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